Rostros locales: Sarais Céspedes, servir, cuidar y devolver esperanza
El Kentubano, exaltando, reconociendo, y aplaudiendo las buenas obras y a los líderes de nuestra comunidad

Sarais Céspedes Claro llegó a EEUU en octubre de 2016 con una maleta llena de sueños y dos responsabilidades enormes: sus hijos, César y Ada. Natural de Holguín, viajó directamente de La Habana a Miami tras completar su proceso en la Embajada de EEUU. Dos días después ya estaba rumbo a Kentucky. Su mayor temor no era empezar de cero, sino que sus hijos no lograran adaptarse al frío y a la nueva cultura. Para su sorpresa, ellos se adaptaron con entusiasmo. Ella, con determinación.
Comenzar una nueva vida en este país significó disciplina, adaptación y sacrificio, pero sobre todo la oportunidad de ofrecer a sus hijos una mejor calidad de vida. Desde el principio tuvo claro que la superación sería la prioridad.
De profesión peluquera, Sarais trabajó durante años en una compañía canadiense llamada Delta, lo que le permitió llegar con una base sólida en el idioma inglés. Sin embargo, su vocación siempre fue más allá del estilo y la estética: le gustaba cuidar, acompañar y ayudar. Mientras estudiaba, trabajaba de noche atendiendo adultos mayores, lo que le permitía cumplir con sus responsabilidades académicas durante el día. Más adelante se especializó en cocina nutricional en Norton Hospital, fortaleciendo así sus conocimientos para el cuidado integral de personas de la tercera edad.
Su entrada al mundo médico ocurrió de manera inesperada. Un reconocido cirujano ocular necesitaba una niñera para su hija, y Sarais aceptó el trabajo. Con el tiempo, el doctor notó su dedicación, responsabilidad y trato humano. Impresionado por su compromiso, le propuso trabajar en su clínica privada como asistente, ayudando con traducciones y transportando pacientes que no contaban con vehículo. Desde 2021 forma parte de su equipo.

Hoy, Sarais apoya al doctor Ali Haider, considerado uno de los diez mejores especialistas de Kentucky y el único en la región que realiza trasplantes de córnea. Para ella, es impactante presenciar cómo personas que llevaban años sin ver recuperan la visión gracias a su trabajo. Más allá de la asistencia técnica, su rol incluye explicar procedimientos médicos complejos a pacientes hispanos que enfrentan barreras idiomáticas. Recuerda con especial emoción el caso de un hombre con un fragmento de metal en el ojo que, tras entender la gravedad de la situación gracias a su traducción, aceptó la cirugía que le salvó la vista. “Sentí que ayudé a que no perdiera la visión”, comenta con orgullo.

Pero su vocación no termina en la clínica. En sus tiempos libres, Sarais ofrece servicios voluntarios a adultos mayores: corta cabello, arregla uñas y, sobre todo, brinda compañía. También colabora en iglesias donde se distribuyen alimentos, ayudando a la comunidad hispana a llenar formularios y orientándolos sobre oportunidades laborales y educativas. Ha trabajado incluso después de largas jornadas para devolver dignidad y autoestima a mujeres divorciadas con hijos, ofreciéndoles servicios de peluquería gratuitos.
Para ella, el acompañamiento humano tiene un impacto profundo en la salud y el bienestar. Ha aprendido que muchos adultos mayores además de necesitar cuidados físicos también precisan afecto, paciencia y alguien que escuche sus historias. “Algunos ya no recuerdan ni su nombre, pero sí sienten la necesidad de cariño”, reflexiona. Esa experiencia le ha enseñado el valor del tiempo de calidad, del amor familiar y de la importancia de construir una vida estable para el futuro.
Sarais cree firmemente que apoyar a la comunidad hispana es una responsabilidad compartida. Considera que la barrera del idioma no debería impedir el acceso a derechos, trabajo o servicios médicos. Orientar, explicar y acompañar es, para ella, una forma de empoderar.
Su mensaje a otros inmigrantes es claro: no rendirse. Estudiar, superarse, cuidar la salud, agradecer cada día y amar profundamente a la familia. Trabajar en algo que les apasione y recordar que el éxito muchas veces está más cerca de lo que parece.
Por Yanet KantAlma, El Kentubano (Edición 200, abril 2026)










