Naufragio

Por Ramón Muñoz Yanes, (Publicado en El Kentubano, edición 149, Enero 2022)

El hundimiento de Cuba no sólo tuvo esa macabra perspectiva de soledad con el único desenlace de la muerte, sino que se sobreañade lo prolongado del desastre. Más de sesenta años para hundirse.

La declarada en 1959 como insumergible, fue haciendo aguas por encima de la sentina desde la misma botadura. Durante años, los que lograban salvarse se alejaban de la infeliz estructura en balsas hechas a mano con productos de todo tipo hallados a bordo, cámaras de neumáticos, barriles de petróleo, tablas de surf y miles de artilugios más.

Sin embargo, los supervivientes cubanos crearon un hito en la historia. Algunos regresaban continuamente al buque siniestrado, para restregar en propia cara a los que aún luchaban por salvarse, su condición de sobreviviente. Jamás en la historia humana existió algo igual, los que regresaban a la nave traían pequeñas y míseras soluciones, pero solo retardaban el naufragio.

Dado lo prolongado del desastre, algunos padres ofrecían a sus hijas quinceañeras desde los balcones superiores, vendiendo sexo al mejor postor para intentar sobrevivir algo más al tenebroso desastre.

Muchos elucubraban sobre la causa del hundimiento, pero la mayoría se decantaba por un gran buque en las proximidades, pero sin embargo hasta el último momento que estuvo a flote, la cantina y el comedor principal solo servía alimentos en la moneda de su principal enemigo.

Los minutos finales fueron atroces. Ancianos gritando en la popa, unos por pan, otros por café y una larga cola de personas agarradas a la barandilla exterior, soportando la inclinación cada vez más acentuada por el hundimiento de la proa, sonreían como posesos, felices de saberse en la cola para comprar cigarrillos.

Algunas mujeres se lanzaban al mar con sus hijos en brazos, buscando una postrera bocanada de futuro que salvara el fruto de sus vientres y en lo más alto del mástil de popa, un padre sonriente veía como se perdía en el horizonte la esposa. Muchos pensaron que estaba loco por lo espantoso del momento, pero él estaba seguro. Era el papá de Elián, el chivato más joven de que se tiene noticia en la historia de la humanidad.

En muchos naufragios célebres como el del mítico gigante de la White Star Line, el RMS Titanic, los músicos mitigaron la agonía de los que se sabían condenados con la interpretación a chelo, piano y violín de “Cerca de tí, Señor”.

El naufragio de Cuba fue más horripilante y nada consolador, los pocos pensionistas, cederistas y chivatos que quedaban a popa, se hundieron escuchando reguetón. Cuenta uno de los pocos que sobrevivieron al instante final, que una anciana de Lawton, vendedora de maní, gritó antes de desaparecer un ” ..inga, por fin…” que sacudió el silencio de la madrugada caribeña. Atroz.

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