Revolución cubana de 1959: ¿necesaria, exitosa?

A la Revolución cubana la defienden tres tipos de personas: una masa enorme de oportunistas hipócritas que parasitan el país usando el sistema; aquellos que mantienen un vínculo emocional con el proceso, mayormente ancianos; y un sector muy minoritario, algunos muy jóvenes, convencido de que la Revolución fue necesaria y, además, positiva. Con estos últimos intenta dialogar este artículo.

Según mediciones de 1928, 1950 y 1960, en Hispanoamérica, únicamente Argentina, Uruguay, y Venezuela —estas solo en 1960 y gracias al boom petrolero— superaban a Cuba en renta per cápita, que es el indicador más utilizado y completo para conocer la estructura y evolución de una economía en sí misma y comparada con otras.

En 1955, la renta per cápita de los cubanos era más o menos la mitad de la de un europeo occidental, lo que equivalía al 27% del ingreso del norteamericano promedio. En ese mismo año, los chilenos tenían una renta per cápita equivalente al 23% de la norteamericana, los dominicanos y salvadoreños apenas un 10%, los peruanos el 12% y los panameños casi un 15% (John Devereux, The Absolution of History: Cuban Living Standars after 60 Years of Revolutionary Rule). Todos muy por debajo de los cubanos.

“En los 50, en términos relativos, Cuba era una próspera sociedad de ingresos medios con niveles de consumos parejos a Finlandia e Irlanda, muy por encima de Italia y España” (Devereux). De ahí que, al triunfo de la Revolución, los consulados cubanos en Italia y España tuviesen acumulados miles de pedidos de visas para emigrar hacia la Isla. No parece que Cuba estuviese económicamente mal.

No obstante, un revolucionario convencido, embebido de La Historia me absolverá, podría alegar que esa renta estaba mal distribuida y que Cuba era un país “injusto”.

Sin embargo, el desempleo cubano —tan publicitado por lo del “tiempo muerto”— era de los menores en Hispanoamérica, solo comparable con el existente en el Cono Sur y Costa Rica. Según datos, en la década 1949-1958 “la participación laboral en la renta nacional era del 65%, la más alta de la región” (Carmelo Mesa-Lago, Breve historia económica de la Cuba socialista), incluyendo EEUU. Es decir, los trabajadores cubanos estaban muy bien pagados, pero además, “la cobertura de la seguridad social alcanzaba al 63% de la población trabajadora en 1958, proporción que solo superaba Uruguay” (Mesa-Lago).

“¡Pero la estructura económica era de un país subdesarrollado monoproductor de materias primas!”, argumentaría el revolucionario convencido con cierta razón.

Efectivamente, Cuba aún era una economía dependiente de la exportación de azúcar. Sin embargo, eso estaba cambiando desde el crack mundial de los años 20, cuando la Isla se sumó al grupo de países de “recuperación rápida de la crisis, gracias al crecimiento de las exportaciones y a la agricultura por sustitución de importaciones” (Bulmer-Thomas). Entre 1930 y 1960 “la manufactura no azucarera creció relativamente más: 83% en términos per cápita, que el de la producción de dulce, un 75%”.

Esta evolución de la matriz productiva del país reflejaba que entre 1898 y 1930, Cuba tuvo el nivel más alto de Latinoamérica en inversión en maquinaria por habitante (Xavier Tafunell y Albert Carreras). En 1920, la inversión cubana en maquinaria y equipos fue un cuarto de la de toda América Latina.

Y como de lo económico depende la inversión social —solo hay que mirar el calamitoso estado actual de los “logros de la revolución”: salud y educación—, partiendo de los datos de la época —en 1955 la mortalidad infantil era la menor en Latinoamérica—, John Devereux “sospecha” que los indicadores actuales de salud de una Cuba sin Revolución, no serían muy diferentes a los hoy exhibidos.

Una inspección del Banco Mundial en 1951, concluyó que: “la impresión general, después de viajar y observar toda Cuba, es que los estándares de vida de los campesinos, obreros, tenderos y otros son más altos en toda la línea que los de sus similares en otros países tropicales y en casi toda América Latina”.

Aun hoy, tras 62 años de Revolución, todas las oficinas del Estado y del Gobierno —incluyendo las del PCC— radican en construcciones anteriores a 1959; y el mercado inmobiliario valora más las vetustas construcciones “capitalistas” que las modernas “socialistas”.

Es tan irracional creer que a Cuba le iba mal y necesitaba un urgente y radical cambio de rumbo, que hasta el mismo Castro decía luchar únicamente para restaurar la Constitución de 1940, mientras rechazaba, pública y reiteradamente, pretender un cambio de modelo económico.

Sin embargo, aún al revolucionario convencido podría quedarle un argumento: quizás antes no estuviese tan mal el país, pero, de todos modos, gracias a la Revolución, Cuba ha mejorado muchísimo.

Lamentablemente, este es otro argumento vano. Entre 1960 y 2014, mientras las economías de Taiwán y Corea crecían 15.000%, España y Portugal 400%, Estados Unidos 300%, Argentina y Uruguay 200%, Cuba acumulaba un mísero 36% de crecimiento. Un estudio que analizó la evolución de 111 economías (Measuring the Role of the 1959 Revolution on Cuba’s Economic Performance), colocó a la Isla en el lugar 100 de peor evolución, lo que redunda, en que Cuba pasó de compararse con España, Chile o Finlandia, a compararse con Guatemala y algunos países africanos.

Gracias a la Revolución, el consumo per cápita actual es la mitad del existente en 1955, y como destaca Jorge A. Sanguinetty en The Cuban Economy 60 Years Later, su costo se multiplica si tenemos en cuenta el “precio en tiempo” debido a las dificultades del pueblo para proveerse de lo mínimo, más la pérdida de autonomía personal frente a las demandas políticas —manifestaciones, marchas, reuniones— del Gobierno.

Véase por donde se vea, la conclusión es transparente: la Revolución, concebida como un cambio de modelo económico, no solo fue innecesaria, sino que es un fracaso absoluto.

Fuente: Por Rafaela Cruz, diariodecuba.com (fragmentos)

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